Música: La salsa
ARGENPRESS CULTURAL
La confusión que se suele producir sobre la nomenclatura de la música afrocaribeña tiene que ver más con estrategias de mercado que con diferencias musicales. Luego de la Revolución del 59 y el exilio de muchos músicos cubanos en Estados Unidos, se produjo una separación entre el desarrollo musical de los dos países. Esta separación causó un extraño debate sobre la terminología que se utilizaba para describir la música de origen cubano en los Estados Unidos. La palabra “Salsa” creó mucha controversia desde su creación a principios de la década del 70. Muchos músicos cubanos insistían en que la salsa no existía, sino que era el son cubano disfrazado con propósitos comerciales, pero la salsa crearía un impacto mundial que terminaría dándole legitimidad. Aunque también debe tenerse en cuenta que los músicos portorriqueños (y de otros países latinos) tuvieron mucho que ver con la preservación y el desarrollo de esta música en los Estados Unidos, y que su interpretación realmente creó algo nuevo y distinto de lo que se tocaba en Cuba.
Mientras el ambiente musical latino en Nueva York durante los años 60 siguió más o menos con la tradición musical de la época pre-revolucionaria en Cuba, los músicos que se habían quedado en la isla experimentaban con los nuevos sonidos y estilos que provenían de los Estados Unidos, y mezclaron elementos del jazz, la fusión y el rock con la música popular bailable, además de alejarse de las limitaciones impuestas por la tradición para servir a un público bailador. Ya para los años 70, el invento de la palabra “Salsa” en la Costa Este de los Estados Unidos llegó en el momento cuando esta música vivía un período de enorme popularidad tanto como un crecimiento dentro de la industria discográfica.
Algo que no se debe olvidar cuando se habla de Salsa o de alguno de las muchas músicas de origen afrocaribeño, es que todos estos ritmos están hechos para bailar. La importancia del baile en el área del Caribe no es ninguna novedad, y desde la llegada de los españoles todos los textos de cronistas y viajeros están repletos de referencias a la cultura festiva y bailadora de los habitantes de estas “nuevas tierras”. Para los cubanos especialmente, la música y el baile han ocupado siempre un lugar muy importante dentro de la sociedad, y de ello queda constancia en innumerables ensayos, artículos y tratados que estudian minuciosamente el tema. Sin embargo se puede considerar la segunda mitad del siglo XIX como la etapa crucial en el proceso de entrecruce y criollización de los géneros musicales y bailables provenientes tanto de África como de Europa.
De Cuba la música llamada Salsa pasó luego a todos los países del Caribe; hoy día es un ritmo ampliamente difundido en numerosas sociedades, del Sur y del Norte, a tal punto que algunas de las más significativas orquestas salseras están en… Japón.
Aquí presentamos una breve muestra de un colombiano, famoso salsero: Oscar D’León.











Estimados señores editores.
Felicitaciones por su publicación COSTA RICA HOY.
Me llama la atención su artículo del día de hoy domingo 27 de septiembre de 2009, titulado “Música: La salsa”, firmado por ARGENPRESS CULTURAL, donde se observan muchas imprecisiones sobre tan importante manifestación cultural como lo es nuestra música caribeña.
Muy respetuosamente, solicito a COSTA RICA HOY el tradicional y democrático derecho a réplica.
Saludos desde Caracas.
Chuchito Sanoja
Presidente
Fundación Artis Terrae
Música: La salsa
Lo que se afirma en este disparatado artículo (textual: “De Cuba la música llamada Salsa pasó luego a todos los países del Caribe”) nunca sucedió.
Por respeto al lector y a nuestro histórico aporte musical, intento aclarar parte del entuerto.
A mediados de los 60, el locutor venezolano Phidias Danilo Escalona, mientras transmitía por radio los carnavales de Caracas con las orquestas de Machito, Tito Puente, Tito Rodríguez, Eddie Palmieri, Joe Cuba, Chucho Sanoja y Aldemaro Romero (entre otras), gritaba por su micrófono y con mucha gracia la palabra ¡SALSA!, haciendo alusión a la salsa de tomate que patrocinaba las transmisiones radiales en vivo.
Personalmente recuerdo que esto gustó mucho a Tito Rodríguez y otros músicos, quienes repetían en sus grabaciones y actuaciones por otros países la gracia de Phidias: ¡SALSA!, como quien repite la gracia de Celia: ¡AZUCAR!.
Luego, en el Nueva York de los 70, donde un pequeño grupo de empresarios se apoderaba del siempre ingenuo talento latino, se capitalizó la palabra SALSA, con la finalidad de filtrar a través de un solo embudo o etiqueta la muy enriquecida diversidad de ritmos afrocaribeños, la misma fórmula mercadotécnica que para vender discos se aplica al jazz, bossa nova, tango, rock e incluso música académica, metiendo en la misma bolsa discursos musicales tan diferentes como Bach, Prokofiev, Gershwin y Luigi Nono, de la misma manera como en el supermercado se mete en una sola bolsa una Coca Cola junto a un Casillero del Diablo, o papitas fritas de cartón con amarillo No. 5 al lado de una alcachofa.
El término SALSA nunca gustó ni gusta a los pioneros que sentaron las bases de la misma. Lo toman como una consecuencia inevitable de quienes programan y convierten en mercadería la más fiel y auténtica expresión musical de los pueblos caribeños, sin duda nuestro gran aporte al Arte de la Música.
Otra cosa, hablando de confusión y legitimidad: Oscar D’León es venezolano.
Es demasiado bueno bailar salsa.